Confieso que no soy un apasionado del fútbol, y mucho menos un experto. Pero el domingo, como tantos latinoamericanos, le hice fuerza a la selección argentina en la final del Mundial: su triunfo habría sido una copa más para nuestro continente. "Ojalá se quede en el barrio", dije a mis amigos mientras transcurría el partido. No fue así. España ganó 1-0 y levantó su segunda estrella con toda justicia: fue superior de principio a fin.

Lo que me obliga a escribir estas líneas no es la derrota, sino lo que vino después del pitazo final: la violencia innecesaria, el pésimo gesto de los argentinos de dar la espalda mientras la selección española celebraba en el podio, pero la imagen que más me impactó: Messi sentado, esperando el consuelo de su equipo o de pronto de su rivales, en vez de ser él, el capitán, el líder del equipo, el gran ídolo, el primero en felicitar al ganador. Pero no, su dolor y su ego no se lo permitieron. Todo eso es muy bajo.

Argentina perdió dos veces: primero en la cancha, donde puede pasarle a cualquiera, y después en el podio, donde solo pierde quien no sabe perder.

El liderazgo no se mide en los días de gloria: cualquiera levanta una copa con una sonrisa. Se revela en la derrota, en la entereza para reconocer que el otro fue mejor y en la elegancia de aplaudirlo. Lo que vimos fue lo contrario: un ejemplo de anti-liderazgo. Un equipo que durante años nos ha hablado de "la banda" y sus valores, y que a la hora de la verdad no estuvo a la altura de su narrativa.

El contraste lo dio el propio Mundial un día antes en Miami, donde Inglaterra y Francia disputaron el tercer puesto. Los ingleses venían de perder su semifinal contra la propia Argentina; los franceses, de ver truncado su sueño. Tenían excusas para jugar con desdén; hicieron lo contrario: regalaron el duelo por el bronce con más goles en la historia de los Mundiales y lo cerraron con grandeza. Dos equipos heridos demostraron que se puede perder un sueño y ganar respeto a la vez. Eso también es liderazgo: el que se ejerce cuando ya no hay copa en juego y solo queda defender su nombre.

Y aquí está el corazón del asunto: millones de niños vieron esa final con el 10 de Messi en sus camisetas. ¿Qué aprendieron? Que cuando se pierde, se da la espalda; que al rival que fue mejor no se le da la mano. El problema de fondo: estamos formando solo ganadores, pequeños campeones a los que nadie les enseña a perder, cuando el deporte debería formar seres humanos que buscan su grandeza, pero aceptan la derrota con respeto por el contrincante. Un niño que ve a su ídolo felicitar al vencedor aprende más de carácter en diez segundos que en mil discursos. Uno que lo ve negar el saludo aprende exactamente lo contrario.

España no solo se llevó la copa: se llevó la lección. Celebró con alegría, sin provocaciones. Y que nadie lea aquí una fábula de superioridad europea: la grandeza no es cuestión de pasaporte, sino de educación.

El fútbol, además de jugarlo con los pies, hay que jugarlo con la cabeza. Y con el corazón bien puesto. El domingo, a la albiceleste le faltaron las tres cosas.

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