Pregúntale hoy a tu equipo qué hizo ayer domingo. Si la respuesta es “adelantar cosas”, ahí tienes un dato de cultura, no de compromiso.

Casi nunca escribo en LinkedIn durante un fin de semana, pero precisamente ayer publiqué una reflexión que a más de uno seguro le pareció una provocación: “disfruta de la pereza”. Y lo sostengo. Para quienes me leen de fuera, en Colombia a la pereza también la llamamos “locha”, y tiene pésima prensa: falta de actitud, poco compromiso, bajo desempeño. Pero el domingo existe justamente para eso: para hacer algo distinto al trabajo, para no producir nada y que eso esté bien.

El problema no es que alguien decida abrir el computador un domingo. El problema es cuando eso deja de ser una excepción y se vuelve la norma silenciosa de la organización. Cuando “adelantar cosas” el fin de semana es lo que se premia, lo que se menciona en la reunión del lunes, lo que hace que alguien parezca más comprometido que el resto. Ahí ya no estamos hablando de esfuerzo individual: estamos hablando de diseño cultural.

Lo que dicen las cifras

La conversación sobre descanso dejó de ser un tema de bienestar para convertirse en un tema de riesgo y de resultados.

La OMS y la OIT concluyeron que trabajar 55 horas o más a la semana se asocia con un 35 % más de riesgo de accidente cerebrovascular y un 17 % más de riesgo de morir por cardiopatía isquémica, frente a jornadas de 35 a 40 horas. Ese mismo análisis atribuyó 745.000 muertes a las jornadas prolongadas en 2016, un 29 % más que en el año 2000. No es cansancio: es salud pública.

Y aquí está el detalle que conviene no pasar por alto: esa cifra es de 2016, antes de la pandemia. Sigue siendo la única estimación global de su tipo que encontré en mi investigación, pero mide un mundo en el que todavía existía la hora de salida. Lo que vino después no fue un regreso a la normalidad, sino la disolución del horario. El reporte “Breaking down the infinite workday” de Microsoft, basado en señales de uso de Microsoft 365 y en una encuesta a 31.000 trabajadores de 31 países, incluida Colombia, encontró que las reuniones después de las 8 de la noche crecieron 16 % en un año, que el empleado promedio envía o recibe más de 50 mensajes fuera del horario laboral y que cerca del 20 % de quienes trabajan el fin de semana ya está revisando el correo antes del mediodía del sábado y del domingo. Uno de cada tres dice que el ritmo de los últimos cinco años hace imposible mantenerse al día.

Nadie decidió trabajar más. Simplemente en algunas culturas empresariales o estilos de liderazgo dejó de existir el momento en que el trabajo se acaba.

En paralelo, el agotamiento se volvió mayoritario. Un informe de DHR Global publicado en 2026 encontró que más del 75 % de los trabajadores en el mundo ha experimentado síntomas de burnout, y entre quienes trabajan con el conocimiento la cifra llega al 83 %.

Y lo más incómodo para quienes creen que descansar cuesta plata: los pilotos de jornada reducida apuntan en la dirección contraria. En el mayor piloto de semana de cuatro días del Reino Unido, analizado por la Universidad de Cambridge, el 92 % de las empresas decidió continuar con el modelo y los ingresos promedio crecieron 1,4 % durante el ejercicio. En Alemania, dos años después del piloto nacional, el 70 % de las empresas participantes mantiene alguna forma de reducción de jornada sin perder productividad.

El descanso también se lidera con el ejemplo

Aquí está el punto que suele quedar por fuera de la política interna. La desconexión ya es ley en varios países de la región, pero ninguna norma sobrevive a un jefe que escribe los domingos a las 9 de la noche con un signo de pregunta. El comportamiento del líder directo pesa más que cualquier reglamento.

Si quieres saber cómo está tu cultura, no mires la encuesta de clima. Mira quién responde los mensajes del domingo, y qué le pasa a quien no responde.

Descansar no es lo contrario de trabajar bien. Es parte de trabajar bien. Y en una organización sana, la locha del fin de semana no debería tener que justificarse.

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