Colombia no ha tenido ni una década tranquila en el último siglo.

Nos criamos entre violencia. Vivimos guerras interminables por el poder del narcoterrorismo. Aprendimos a nombrar las bombas por el barrio donde explotaron. Nos han robado el tesoro público tantas veces que ya le tenemos apodo a cada desfalco. Pasamos una pandemia. Y el pasado 10 de agosto nos movieron el piso como nunca antes.

Sin embargo, aquí la gente se levanta a las cinco de la mañana a pesar de las adversidades. Saca su negocio de los escombros y lo vuelve a levantar. Manda a los hijos a estudiar con el uniforme impecable, así no haya suficiente agua y jabón. Saluda al vecino. Pone música. Le dice "amigo" a los desconocidos.

Eso no es folclor. Es la cosa más difícil que hace un ser humano: seguir viviendo con ganas después de que la vida le ha pasado por encima tantas veces.

Y está medido. La octava ola de la Encuesta Mundial de Valores encontró que el 91 % de los colombianos se declara feliz. Noventa y uno. En este país. Con un siglo repleto de dificultades.

Esa es nuestra diferencia frente al mundo. No solo el paisaje, porque hay lugares mágicos en todas las geografías. No solo el café. No solo la ubicación privilegiada. Nuestra ventaja es una manera de estar vivos que no se aprende en ninguna escuela: la capacidad de volver a empezar.

Soy un convencido de que una marca país se construye igual que la de una empresa: de adentro hacia afuera. Y nosotros ya tenemos el adentro. La materia prima está, comprobada, sufrida y ganada. Es lo que Simon Anholt lleva veinte años repitiéndoles a los gobiernos que lo contratan: la reputación de una nación no se fabrica con publicidad, se gana con lo que hace su gente. Ninguna campaña le enseña al mundo a admirar algo que la propia gente no reconoce como suyo.

Pero en esa misma encuesta hay otro dato que va pegado al primero. Solo el 4 % de los colombianos cree que se puede confiar en la mayoría de la gente.

Somos un pueblo feliz pero desconfiado.

Y se entiende. Cuando te roban el erario no te roban solo el dinero: te roban la confianza en los políticos. Cuando la violencia entra por la puerta de la casa, desconfiar deja de ser un defecto y se vuelve un instrumento de supervivencia, y el que sobrevive así se lo enseña a los hijos. Esa desconfianza no es un rasgo de carácter: es una cicatriz.

Ahí está el nudo de nuestra marca Colombia. Nadie confía a ciegas en quien no confía en sí mismo. Pasa igual con una empresa y un país. Procolombia puede contratar la mejor agencia del planeta y llenar el mundo de anuncios vendiendo nuestros tesoros geográficos, pero mientras los colombianos no confiemos en nosotros mismos, no habrá campaña ni recursos que alcancen.

Entonces el trabajo es al revés de como suele hacerse. Primero debemos reconocernos. Creernos lo que ya somos, confiar sin esperar a que un ranking nos dé permiso para valer. Y después sí, salir a decirlo sin pedir disculpas.

Esa es mi propuesta para venderle al mundo nuestra Patria Milagro: construirla de adentro hacia afuera, desde una esencia que no se puede fotografiar como un desierto, un río de siete colores o una laguna repleta de niebla. A Colombia hay que sentirla.

Confiemos primero nosotros. El mundo confiará después.

En cualquier balance, el patrimonio es lo que queda después de restar todas las deudas. Nosotros tenemos deudas enormes. Y aun así nos queda lo más valioso: más de 50 millones de colombianos honestos, luchadores, amables, hospitalarios, alegres, resilientes, solidarios y con un fuerte sentido de familia.

Ese es el gran patrimonio para posicionarnos frente al mundo: nuestra gente.

Colombia es buena. Déjate abrazar por ella.

P.D. / Según informe de Accam (Apreciación de las Capacidades Críticas de la Amenaza que elabora la Fuerza Pública), las estructuras de grupos armados ilegales en Colombia están conformadas por aproximadamente 28.000 integrantes, y si a esto le sumamos a los corruptos (infortunadamente no están cuantificados), el número puede aumentar considerablemente. Aun así, propongo cambiar la frase con la que solemos consolarnos. Decir “los buenos somos más” nos divide como sociedad. Digamos mejor, aunque nos hagan un daño inmenso: “los malos son unos pocos”.

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