En el fútbol, a veces creemos que un jugador extraordinario es suficiente para ganar. Que tener a Messi, Mbappé o Haaland garantiza campeonatos. Pero la historia de este deporte, una y otra vez, nos recuerda algo esencial: el talento individual puede ganar partidos, pero solo el trabajo en equipo gana campeonatos.

Messi lo vivió en carne propia. Durante años brilló como la máxima estrella del FC Barcelona y de la selección argentina, pero no fue hasta que encontró cohesión, sincronía y propósito compartido que pudo levantar la Copa del Mundo.

En las organizaciones pasa exactamente lo mismo.

Muchas compañías se obsesionan con atraer “estrellas” para sus puestos directivos: el mejor financiero, el mejor estratega, el mejor de marketing, el mejor de operaciones. Todos brillantes. Todos con trayectoria impecable. Sin embargo, viene a mi mente este insight: “El mejor guitarrista, el mejor baterista y el mejor vocalista no necesariamente hacen la mejor banda”. Un equipo directivo no es una colección de genios. Es una unidad viva.

Cuando el equipo directivo no funciona como equipo, se nota. Cada área jala para su lado. Las decisiones se vuelven lentas. Aparece la competencia interna, la justificación permanente y la sensación de que cada quien está cuidando su propio territorio. Las reuniones se vuelven informes, no conversaciones reales. Se celebra el logro individual, pero se invisibiliza el resultado colectivo. La empresa avanza, sí, pero sin alma, sin coordinación, sin dirección única.

Por el contrario, cuando el equipo directivo se ve a sí mismo como equipo, la organización cambia de ritmo. Hay claridad en la jugada, sentido estratégico compartido y una confianza que agiliza todo. El éxito deja de depender de héroes aislados y se convierte en una gran coreografía colectiva.

Un par de casos que lo confirman:

Microsoft, logró una transformación histórica no solo porque tenía talento, sino porque SatyaNadella reconstruyó la cultura del equipo directivo alrededor de la escucha, la colaboración y el aprendizaje continuo. Pasaron de competir entre sí, a aprender juntos. El resultado: una de las recuperaciones culturales y financieras más admiradas del mundo.

NVIDIA vivió algo similar. Su crecimiento no fue el resultado de un genio aislado, sino de un liderazgo que supo alinear visión tecnológica, capacidad operativa y cultura de innovación compartida. Su equipo directivo conversa como un cuerpo único: lo que decide uno, lo sostiene el resto.

Más que buscar al “Messi” de la organización, lo esencial es tener un equipo directivo que realmente juegue como equipo. Para lograrlo:

📌 Identidad compartida: Alinearse en una misma visión, propósito y valores para actuar como un solo cuerpo, no como áreas aisladas.

📌 Roles claros y complementarios: Cada líder cumple una función específica y se coordina con los demás, como en una alineación bien armada.

📌 Confianza y comunicación fluida: La confianza reduce fricción y acelera decisiones, igual que un pase bien leído en la cancha.

📌 Métricas colectivas: No solo medir logros individuales, sino resultados del equipo directivo como unidad.

📌 Adaptabilidad constante: Así como los equipos se reconfiguran según el rival, el equipo directivo debe revisarse, ajustarse y evolucionar sin perder cohesión.

En el fútbol se dice que un pase bien dado vale tanto como un gol. En las organizaciones debería suceder igual. El reconocimiento no solo debe ir al que ejecuta, sino al que habilita, acompaña, sostiene y hace posible que los demás brillen.

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