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Posiblemente el consejo más repetido en Colombia es “No dé papaya”. Se lo decimos a nuestros hijos sin pensar. Y lo que enseña, en el fondo, es una sola cosa: el otro es una amenaza hasta que demuestre lo contrario.
No es un defecto exclusivamente colombiano, es un rasgo regional. Según Ipsos, apenas 3 de cada 10 adultos creen que se puede confiar en las demás personas. Y la primera encuesta regional de la OCDE lo confirma: aquí la confianza interpersonal ha sido históricamente baja, y se alimenta de la desconfianza en las instituciones.
Crecimos aprendiendo a protegernos. Nadie nos enseñó a confiar.
A propósito de la confianza, hace unos días, en unas palabras que compartí con mi hijo y sus compañeros de colegio, les conté un secreto nórdico. Afuera de algunos restaurantes de estos países dejan los coches con los bebés adentro, dormidos, sin nadie cuidándolos. Mientras los padres están adentro disfrutando. No es descuido: es una costumbre centenaria, soportada en estudios de salud. Le entregan sus hijos a la calle porque confían en ella. Y la calle responde.
Lo llaman “el oro nórdico”. Esa confianza no la firma el presidente de ningún país: la sostienen millones de personas que deciden, todos los días, no fallar. Es una cadena: cada eslabón sostiene al siguiente.
Aquí creemos que ese oro nunca fue ni será nuestro. Falso. Nuestros abuelos cerraban los negocios más grandes con un apretón de manos, sin abogados y sin letra menuda. En la tienda de la esquina fiaban, porque la gente se fiaba de la gente. No es que no lo tuvimos. Lo enterramos.
Y hoy hay un lugar inesperado donde puede volver a crecer. Según el Barómetro de Edelman 2026, “mi empleador” es la institución más confiable: 78%, o sea, 25 puntos por encima de la confianza en los gobiernos. En medio de ese derrumbe, las empresas quedaron de pie.
Eso no es un halago, es una responsabilidad. Ser lo último que queda en pie no es lo mismo que ser digno de confianza. Muchas la heredaron por descarte, y la confianza heredada se puede perder fácil.
Confiar no es ser ingenuo. Hazte tres preguntas incómodas, de muchas que podrías hacerte para trabajar en ellas:
📌 ¿Cuántas firmas necesita tu gente para gastar cincuenta mil pesos de la caja menor? Diseñar los controles para el 2% que abusa de la confianza y aplicárselos al 100% es la declaración más honesta de lo que piensas de tu todo tu equipo.
📌 ¿Requisas a tus empleados al final de la jornada? Es el último mensaje que reciben antes de irse a su casa. Todos los días. Ningún discurso sobre valores compite con esa despedida.
📌 ¿Le exiges certificado a quien acompañó a un familiar al médico? Detrás de ese requisito hay una frase que nadie dice en voz alta: no te creo.
La confianza se construye en años y se destruye en un segundo. Pero si logramos que en el trabajo la palabra valga, que al oír el nombre de nuestra empresa la reacción sea “con ellos sí”, algo más va a pasar.
Porque nadie aprende a confiar solo en la oficina. Quien descubre allí que su palabra vale sale a la calle con esa costumbre puesta. Le cree al proveedor, al vecino, al desconocido. Y la cadena puede transcender la portería.
Habremos hecho algo más grande que gestionar cultura: habremos empezado a desenterrar nuestro propio oro.
Y tal vez, algún día, podamos dejar de enseñarles a nuestros hijos a “no dar papaya”.
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